Desde que un universitario de Tailandia asesinó un taxista emulando el gran juego Grand Thief Auto, el debate es si los videojuegos son los culpables o no.
Yo jugué a policías y ladrones cuando era niño y no soy ni policía ni ladrón; canté “jugamos en el bosque mientras el lobo está” y no me creo lobo. También jugué Mortal Kombat, Risk, Monopolio, Futbol de mesa, Poker y cientos de juegos más, unos jugados a través de una pantalla, otros con dados, otros con sólo imaginación.
Todos son juegos y cuando los niños se refieren a ellos, hablan de juegos y jugar estimula la imaginación y la fantasía, no es una capacitación para la vida. Es decir los niños no toman clases en Gran Thief Auto, están es jugando.
Que las gráficas de los juegos son excelentes, igual lo son en las películas, pero a veces son hasta mejores en la imaginación de los niños.
Ahora, que los videojuegos sean la única clase de entretenimiento de un joven o niño, es casi tan malo como que el alcohol sea la única forma en que un adulto la pasa bien, es adicción y como decimos popularmente “todo exceso es malo”.
Hay artículos que hablan de la relación entre los videojuegos violentos y las reacciones violentas en la vida real de los jugadores, pero no especifica el número de horas que juega al día, si todo el día estoy matando peatones, pues lo más seguro es que me eduque en el maltrato, así como si tomo todo el día tomo, pues voy a estar borracho; hablamos entonces de borrachos de video juegos violentos.
Los niños no deberían tener acceso a juegos violentos. Cuando era niño mis papás me prohibieron el Nintendo y la televisión para edades mayores que la mía. Tal vez era el único de mi colegio con padres tan preocupados por el tipo de entretenimiento al que accedía (ninguno de mis amigos es asesino, ladrón, futbolista). Pero cuando me regalaron un computador, pues jugué muchísimo Doom, un juego en primera persona que es violento. Pero jugué basquetbol en el colegio, hacía ciclomontañismo, rumbeaba, tenía muchos amigos.
Los padres deben preocuparse porque sus hijos tengan una niñez y juventud rica en experiencias, a través del deporte, la recreación virtual, la recreación física, los noviazgos, la educación, la familia, la comida, etc. Si los padres se preocuparan por esto, en vez de si su hijo juega una hora o dos horas al día un juego violento, les aseguro que las cosas cambiarían.
Seguramente el joven universitario de Tailandia, no recibió suficientes abrazos, no practicaba ningún deporte, tal vez nunca lo introdujeron a un instrumento musical. Y es por esto que los colegios son supremamente responsables en este tema, pues son las instituciones quienes a través de la formación incentivan estos intereses en los niños y jóvenes.
Para concluir tan mal escrito artículo, quienes confunden los juegos con la realidad son los adultos escandalizados y si un jugador pasa la gran parte del día con sus videojuegos, es porque no ha encontrado ninguna otra estimulación a su imaginación en el mundo real y quienes deben ayudarlo a buscarla, son sus padres y su colegio.
En este artículo encuentran varios artículos juntos sobre el tema. No suelo recomendar este blog porque copia y pega los artículos de terceros (como el de Cyberbullying de Destudio) sin hacer enlace, pero almenos recoge buenos artículos.
¿Qué quieres aprender hoy?
- Tailandia.
- Historia de los videojuegos.
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Escrito por: alejo
Me asustaba mucho jugando Heretic, ¿No volvieron a sacarlo?

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Publicado en Entretenimiento, Juguetes, Pedagogía |Escrito por: alejo
Una Respuesta to “ No mienta, no es culpa de los videojuegos ”
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Quiero complementar este tema con un artículo publicado por un columnista de la revista Enter hace un tiempo.
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Una cuestión de juego… y educación
Los juegos de video siempre han estado en la mira de quienes los culpan de las conductas agresivas de los niños. ¿Será cierta tanta maldad?
JAIME E. DUEÑAS M.
Recuerdo que cuando tenía 5 o 6 años, casi le saco un ojo a mi papá con un palo, jugando al Llanero Solitario (a esa edad yo confundía al Llanero Solitario con el Zorro y el palo era la espada). Como en esa época no había computador para echarle la culpa de mis conductas agresivas, me quedé sin televisión como dos semanas.
Al parecer, el castigo no sirvió de mucho, porque unos años después casi le saco un ojo a un vecino con una bodoquera. Ahí sí aprendí la lección: ver el punto rojo sobre la mejilla de la víctima me hizo abandonar el gusto por la cerbatana. No hubo necesidad de prohibirme el televisor ni nada por el estilo. La angustia de casi dejar tuerto a un amigo fue suficiente.
Hoy, cada vez que leo artículos sobre la influencia de los juegos electrónicos en la conducta de los niños, me pregunto si algunos expertos no estarán buscando la fuente de la agresividad y la violencia en el lugar equivocado. De hecho, me identifico más con las teorías de quienes sostienen que los juegos pueden ser una buena vía para desfogar esos sentimientos sin causarle un daño real a nadie.
Si yo hubiera tenido una Xbox cuando niño, tal vez me hubiera desahogado matando monstruos en la pantalla del televisor o lanzando el control del juego contra el piso cada vez que ‘me mataran’, en lugar de atacar a mi papá con la inexistente espada de palo del Llanero Solitario (aunque mi intención fuera la más inocente).
El arte de la bodoquera lo aprendí de mis hermanos, aunque no recuerdo que ellos hicieran batallas campales, sino pruebas de puntería. Por eso creo que ‘prohibirme a mis hermanos’ no hubiera resuelto el problema.
De regreso a los juegos de video, supongo que dos horas de sicología a la semana durante un semestre de universidad no me den autoridad suficiente para pronunciarme sobre el asunto, pero de todas formas lo voy a hacer: creo que a los niños hay que educarlos y ya. Con eso es suficiente.
Parte fundamental de esa educación es enseñarles la diferencia entre la realidad y la fantasía, y explicarles claramente las consecuencias de sus actos. Los niños de ahora son muy inteligentes como para no darse cuenta de que matar un monstruo que aparece en el computador es muy distinto a sacarle un ojo a un compañero en la vida real, y que las consecuencias son más graves que no recibir regalos del Niño Dios en diciembre.
El reto consiste en lograr que lo entiendan antes de contar con la suerte de ver el punto rojo que deja un bodoque en la mejilla de un vecino, como me sucedió a mí… Un par de centímetros más arriba no me hubieran hecho tan afortunado.
A veces pienso que culpar a los juegos electrónicos o a la televisión es la manera en que algunos padres excusan su incapacidad para educar a sus hijos. Aunque tampoco confío en esa pedagogía moderna según la cual a los niños hay que dejarlos hacer lo que quieran o si no se traumatizan.
Para los juegos de video, como para todo en la vida, se necesita una buena dosis de control, bastante pedagogía, mucha paciencia… La responsabilidad de los padres no termina al pagar por el juego, instalar el programa en el PC o conectar la consola al televisor; pero tampoco se evade prohibiéndoles jugar.
Póngales horario, juegue con ellos… enséñeles a jugar, edúquelos en el juego. Deje esa desagradable maña de prohibirles todo aquello para lo que usted no se siente capaz de educarlos.
jaidue@eltiempo.com.co